domingo, 23 de febrero de 2014



            No muestra precisamente su mejor cara la Europa que se enfrenta a elecciones parlamentarias esta primavera. Basta ver lo que sucede en casa y lo que nos cuentan los corresponsales todos los días.
            Entre nosotros, frente al optimismo macroeconómico del Gobierno, apreciamos un desempleo intolerable, una riqueza cada vez peor repartida, unos servicios públicos recortados y, como consecuencia de todo ello, unos ciudadanos que creen cada vez menos en la política como solución de los problemas. Fuera, también encontramos algunas de esas cosas, pero para grave añadidura, algo que por fortuna no parece que haya hecho de momento mella entre nosotros: un fuerte crecimiento de los populismos y de la xenofobia, y sorprendentemente no siempre en los países más pobres.
            Lo vemos, por ejemplo, en el Reino Unido, cuyo primer ministro, preocupado por los avances del Partido de la Independencia (UKIP), pierde la compostura para denunciar que los inmigrantes polacos se aprovechan de los beneficios sociales de ese país. Lo que lleva al primer ministro polaco a quejarse de que se estigmatice de esa manera a sus compatriotas y al líder parlamentario de su socio minoritario de gobierno a llamar al boicot de los supermercados de la cadena británica Tesco en represalia por lo que consideran un insulto a sus conciudadanos.
            Algo similar cabe decir respecto de Francia, cuyo primer ministro del Interior socialista, de origen catalán, gana puntos a base de reforzar los prejuicios contra los gitanos de los Balcanes y donde conocidos intelectuales advierten de la pérdida de la identidad nacional por la inmigración musulmana. O de Alemania, en donde muchos desaprensivos se aprovechan de gentes que van allí a trabajar, empleándolos en negro con salarios muy por debajo de lo legalmente establecido.
            No, decididamente Europa no presenta su mejor rostro ante las próximas elecciones.


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