No
muestra precisamente su mejor cara la Europa que se enfrenta a elecciones
parlamentarias esta primavera. Basta ver lo que sucede en casa y lo que nos
cuentan los corresponsales todos los días.
Entre
nosotros, frente al optimismo macroeconómico del Gobierno, apreciamos un
desempleo intolerable, una riqueza cada vez peor repartida, unos servicios
públicos recortados y, como consecuencia de todo ello, unos ciudadanos que
creen cada vez menos en la política como solución de los problemas. Fuera,
también encontramos algunas de esas cosas, pero para grave añadidura, algo que
por fortuna no parece que haya hecho de momento mella entre nosotros: un
fuerte crecimiento de los populismos y de la xenofobia, y
sorprendentemente no siempre en los países más pobres.
Lo
vemos, por ejemplo, en el Reino Unido, cuyo primer ministro, preocupado por los
avances del Partido de la Independencia (UKIP), pierde la compostura para
denunciar que los inmigrantes polacos se aprovechan de los beneficios sociales
de ese país. Lo que lleva al primer ministro polaco a quejarse de que se
estigmatice de esa manera a sus compatriotas y al líder parlamentario de su
socio minoritario de gobierno a llamar al boicot de los supermercados de
la cadena británica Tesco en represalia por lo que consideran un insulto a sus
conciudadanos.
Algo
similar cabe decir respecto de Francia, cuyo primer ministro del Interior
socialista, de origen catalán, gana puntos a base de reforzar los prejuicios
contra los gitanos de los Balcanes y donde conocidos intelectuales advierten de
la pérdida de la identidad nacional por la inmigración musulmana. O de
Alemania, en donde muchos desaprensivos se aprovechan de gentes que van
allí a trabajar, empleándolos en negro con salarios muy por debajo de lo
legalmente establecido.
No,
decididamente Europa no presenta su mejor rostro ante las próximas elecciones.
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