sábado, 19 de abril de 2014

        Perdone que le moleste, pero he de confesarle que cada vez aguanto menos. He ido observando minuciosamente el comportamiento de mis pancarteros preferidos y he comprobado que el Homo Conjuntus es un ser peligroso, y lo que es peor, temerario. El hecho de actuar como gregario, grupal, sindicalista, masón, asociativo, en definitiva, colectivo, nos debería llevar, al menos, a una mejora de nuestros actos. A adaptarnos a vivir en una sociedad, pero parece ser que es todo lo contrario, nos volvemos animales.
            Las más grandes conquistas y, por el contrario, las peores muestras de la bajeza humana se han dado por medio de colectivos. Sin embargo, a modo individual, el grupo es el perfecto trampolín para el mediocre y el cobarde. Es la plataforma del necio, del inepto. Es el florido edén donde yace de gozo el incapaz. En la actualidad “disfrutamos” de varias tipologías de colectivos de muy diferente condición, pero el que más peligro tiene, al menos para los policías nacionales, es el de los dignos marchantes. La unión hace la fuerza (bruta).
            Esta vez se les ha ido demasiado la pinza a los indignados, a los de las varas de acero, a los inocentes chiquillos de las piedras, a los pobres okupas, a los hijos de la miseria, a los pacíficos ciudadanos, a los jóvenes de los tambores, a los niños de los esprays. Esta banda de iletrados ha ido a causar mucho daño, ha podido causar una terrible desgracia, ha ido a matar policías, y los partidos de izquierda callados como putos. Se la cogen con papel de fumar.

            Así que, pelillos a la mar de músicas. Ahora que se nos echa encima la Semana de Pasión, debemos ir lavándonos la espalda con agua y jabón Lagarto para que pueda recibir los excelsos latigazos del colectivo de indignados de la mejor manera posible y con la máxima pulcritud.
                 La energía es una necesidad básica de la sociedad. Debido a su dificultad de producir y a su escasez en el tiempo y en el espacio, ha sido la chispa que ha encendido muchas guerras en el pasado. Lo hace en el presente y lo hará en el futuro. Esta será su gran similitud con otro bien esencial: el agua.
            Pónganse en el lugar de los habitantes del planeta en el siglo XIX. Todavía no había petróleo. La fuente principal era el carbón. Pero, en los pueblos pequeños, donde vivía la mayor parte de la población, solo existía la poda y la tala de árboles. Sentados ante un fuego de hogar, solo podían pensar en el final de la civilización porque temían la desaparición de los bosques. Los abuelos de los abuelos contaban que los bosques lindaban con las casas y con los ríos. Pero el tiempo había pasado, habían vivido varias generaciones, se habían roturado tierras para el cultivo y los bosques decrecían de manera rápida. La población iba en aumento. Estaban pensando que la vida en el planeta no podría continuar más allá de unos cientos de años.
            Esto es lo que hemos seguido pensando el resto de generaciones, incluida la actual. No hay petróleo, no va a haber carbón, la fisión nuclear es muy arriesgada, la fusión nuclear no termina de llegar. Una tragedia sobrevenida, de la cual nos sentimos culpables. Además, parece que hay mucha más gente que vive culpabilizando a los ciudadanos que componen la sociedad de los males que nos aquejan. Nos hacen pagar y nos hacen sentir culpables.

            Es el momento de hacer una reflexión y liberarnos de tantas ataduras que nos oprimen todos los días.
           Facilitar los desplazamientos en el mínimo tiempo posible ha permitido acelerar los procesos de relación y dinamizar la economía; pero también ha creado monstruos que no dejan vivir. En esta sociedad que todo lo sacrifica a la movilidad, el silencio se ha convertido en un lujo al alcance de pocos. Pero una cosa es tener que adaptarse a un rumor persistente del tráfico, como si estuviéramos al lado de un mar embravecido, y otra muy distinta no poder alcanzar un sueño reparador porque cada vez que está a punto de caer el telón de la conciencia, el rugido inmisericorde de un tren o un avión lo impide.
            España siempre ha sido un país ruidoso y no parece mejorar. Son muchos los ciudadanos que tiene que soportar  un volumen de decibelios superior a los 65, el máximo soportable para la OMS; es decir, el equivalente al ruido de una aspiradora.
            La proliferación de quejas ha llevado al Defensor del Pueblo, cuya titular es Soledad Becerril, a plantear a las autoridades la necesidad de intervenir. El informe cita casos cuyas víctimas llevan más de diez años de protestas sin resultados satisfactorios.
            Los gestores del aeropuerto de Palma de Mallorca, por ejemplo, se enorgullecen de los veinte millones de pasajeros que mueven al año. Pero para quienes viven en sus alrededores eso significa haber de soportar el ruido de 170.000 velos anuales. Las protestas lograron que AENA adoptara medidas para reducir el impacto; pero las molestias continúan y ha vuelto el estruendo, a veces en medio de la noche, de los vuelos bajos.

            Las quejas por ruido siempre han encontrado resistencia porque la solución suele ser costosa. Pero ahora, con la crisis, muchas veces ni siquiera se consideran. Y no debería ser así. No es casualidad que el ruido se utilice como una de las más eficaces formas de tortura.
           Después de que se hayan evaporado miles de millones de las arcas públicas en el rescate de cajas de ahorro y otras entidades financieras llevadas a la ruina por un puñado de impresentables convertidos en millonarios, les toca el turno ahora a las autopistas de peaje. El Gobierno tiene la intención de evitar el descalabro de una decena de carreteras de alta capacidad construidas con la alegría del boom, sin una planificación adecuada, sin estudios exhaustivos sobre el número de viajeros que las fueran a utilizar y pagando precios desorbitados por unas expropiaciones en las que es muy probable que más de uno haya puesto el cazo, el cesto y hasta el contenedor. Esta operación puede costar unos 2.500 millones de euros, céntimo arriba, céntimo abajo, siempre y cuando los bancos acreedores se avengan a la quita del 50% que les plantea el Estado.

            Dice Cáritas que con la mitad de lo que costaría la salvación de estas autopistas, inmersas en concurso de acreedores o a punto de declararlo, se podrían rescatar 700.000 hogares que en España no tienen ningún tipo de ingresos. La entidad benéfica propone que el dinero se destine a ayudas directas, a un salario social que permita un respiro a todos estos desamparados que llevan años circulando sin límites de velocidad, sin encontrar señales de Stop, como me recuerda la canción de AC/DC, por esta desgraciada Autopista al infierno.
Orihuela conmemora el 72 aniversario de la muerte del poeta Miguel Hernández, luz primera de la poesía española del siglo XX, con actos en el franciscano –por humilde- barrio de San Isidro. Hasta allí, pintores y artistas continúan con la labor de recordar al escritor haciendo de la vida y las heridas un museo al aire libre. En los últimos años se han multiplicado los murales y restaurado aquellos que fueron el primer homenaje hernandiano de los pueblos de España, en 1976. El objetivo es cubrir por completo todas las fachadas de las viviendas del barrio, manteniendo así, de forma permanente, la memoria de quien escribiera los versos más hermosos en lengua castellana.
            Héroe muerto, Miguel Hernández nace todos los días con su hallazgo de primeros pasos en las letras del alfabeto; pan nuestro de cada día para alimento sustancial del espíritu que vuela lejos de lo mezquino, zafio o vulgar. Un poeta que espanta su mal augurio, su maldición con solo nombrar su nombre de “barro” y perfume. Un reguero de pasión es la Orihuela cercana estos días que abre la ventana a la excitación que produce la lectura de sus versos.

            A mí me hubiera gustado que Miguel Hernández hubiera llegado a estos años siendo un pensionista español, un académico de la Real Academia de la Lengua, donde su sillón se ocupa con injusticia, a ser un anciano que acunara nietos en sus rodillas, en esa casa de la calle de Arriba que compartiera con el manojo de cabras que le identificaran, en su día, como el poeta cabrero que leía a Góngora por los “altos riscos” de la sierra próxima. Todos volvemos “a su huerto y a su higuera”, con alborozo sentido dentro de nosotros, iluminados por la luz de su candil encendido, por la llama ardiente de su nombre, corazón rojo y enrojecido.

Recordatorio de nuevos comentarios de texto

Estimados alumnos:

A continuación, os incluyo algunos textos para ir comentando en los próximos días de clase. Comenzaremos con el texto referido al aniversario de Miguel Hernández.
Os cordial saludo a todos con mi deseo de que estéis pasando unas buenas vacaciones.
Manuel Cifo.