Perdone que le moleste, pero he de confesarle que
cada vez aguanto menos. He ido observando minuciosamente el comportamiento de
mis pancarteros preferidos y he comprobado que el Homo Conjuntus es un ser peligroso, y lo que es peor, temerario. El
hecho de actuar como gregario, grupal, sindicalista, masón, asociativo, en
definitiva, colectivo, nos debería llevar, al menos, a una mejora de nuestros
actos. A adaptarnos a vivir en una sociedad, pero parece ser que es todo lo
contrario, nos volvemos animales.
Las
más grandes conquistas y, por el contrario, las peores muestras de la bajeza
humana se han dado por medio de colectivos. Sin embargo, a modo individual, el
grupo es el perfecto trampolín para el mediocre y el cobarde. Es la plataforma
del necio, del inepto. Es el florido edén donde yace de gozo el incapaz. En la
actualidad “disfrutamos” de varias tipologías de colectivos de muy diferente
condición, pero el que más peligro tiene, al menos para los policías
nacionales, es el de los dignos marchantes. La unión hace la fuerza (bruta).
Esta
vez se les ha ido demasiado la pinza a los indignados, a los de las varas de
acero, a los inocentes chiquillos de las piedras, a los pobres okupas, a los
hijos de la miseria, a los pacíficos ciudadanos, a los jóvenes de los tambores,
a los niños de los esprays. Esta banda de iletrados ha ido a causar mucho daño,
ha podido causar una terrible desgracia, ha ido a matar policías, y los
partidos de izquierda callados como putos. Se la cogen con papel de fumar.
Así
que, pelillos a la mar de músicas. Ahora que se nos echa encima la Semana de
Pasión, debemos ir lavándonos la espalda con agua y jabón Lagarto para que
pueda recibir los excelsos latigazos del colectivo de indignados de la mejor
manera posible y con la máxima pulcritud.