La energía es una necesidad básica de la sociedad.
Debido a su dificultad de producir y a su escasez en el tiempo y en el espacio,
ha sido la chispa que ha encendido muchas guerras en el pasado. Lo hace en el
presente y lo hará en el futuro. Esta será su gran similitud con otro bien
esencial: el agua.
Pónganse
en el lugar de los habitantes del planeta en el siglo XIX. Todavía no había
petróleo. La fuente principal era el carbón. Pero, en los pueblos pequeños,
donde vivía la mayor parte de la población, solo existía la poda y la tala de
árboles. Sentados ante un fuego de hogar, solo podían pensar en el final de la
civilización porque temían la desaparición de los bosques. Los abuelos de los
abuelos contaban que los bosques lindaban con las casas y con los ríos. Pero el
tiempo había pasado, habían vivido varias generaciones, se habían roturado
tierras para el cultivo y los bosques decrecían de manera rápida. La población
iba en aumento. Estaban pensando que la vida en el planeta no podría continuar
más allá de unos cientos de años.
Esto
es lo que hemos seguido pensando el resto de generaciones, incluida la actual.
No hay petróleo, no va a haber carbón, la fisión nuclear es muy arriesgada, la
fusión nuclear no termina de llegar. Una tragedia sobrevenida, de la cual nos
sentimos culpables. Además, parece que hay mucha más gente que vive
culpabilizando a los ciudadanos que componen la sociedad de los males que nos
aquejan. Nos hacen pagar y nos hacen sentir culpables.
Es
el momento de hacer una reflexión y liberarnos de tantas ataduras que nos
oprimen todos los días.
No hay comentarios:
Publicar un comentario