sábado, 19 de abril de 2014

                 La energía es una necesidad básica de la sociedad. Debido a su dificultad de producir y a su escasez en el tiempo y en el espacio, ha sido la chispa que ha encendido muchas guerras en el pasado. Lo hace en el presente y lo hará en el futuro. Esta será su gran similitud con otro bien esencial: el agua.
            Pónganse en el lugar de los habitantes del planeta en el siglo XIX. Todavía no había petróleo. La fuente principal era el carbón. Pero, en los pueblos pequeños, donde vivía la mayor parte de la población, solo existía la poda y la tala de árboles. Sentados ante un fuego de hogar, solo podían pensar en el final de la civilización porque temían la desaparición de los bosques. Los abuelos de los abuelos contaban que los bosques lindaban con las casas y con los ríos. Pero el tiempo había pasado, habían vivido varias generaciones, se habían roturado tierras para el cultivo y los bosques decrecían de manera rápida. La población iba en aumento. Estaban pensando que la vida en el planeta no podría continuar más allá de unos cientos de años.
            Esto es lo que hemos seguido pensando el resto de generaciones, incluida la actual. No hay petróleo, no va a haber carbón, la fisión nuclear es muy arriesgada, la fusión nuclear no termina de llegar. Una tragedia sobrevenida, de la cual nos sentimos culpables. Además, parece que hay mucha más gente que vive culpabilizando a los ciudadanos que componen la sociedad de los males que nos aquejan. Nos hacen pagar y nos hacen sentir culpables.

            Es el momento de hacer una reflexión y liberarnos de tantas ataduras que nos oprimen todos los días.

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