Después de que se hayan evaporado miles de millones
de las arcas públicas en el rescate de cajas de ahorro y otras entidades
financieras llevadas a la ruina por un puñado de impresentables convertidos en
millonarios, les toca el turno ahora a las autopistas de peaje. El Gobierno
tiene la intención de evitar el descalabro de una decena de carreteras de alta
capacidad construidas con la alegría del boom, sin una planificación adecuada,
sin estudios exhaustivos sobre el número de viajeros que las fueran a utilizar
y pagando precios desorbitados por unas expropiaciones en las que es muy
probable que más de uno haya puesto el cazo, el cesto y hasta el contenedor.
Esta operación puede costar unos 2.500 millones de euros, céntimo arriba,
céntimo abajo, siempre y cuando los bancos acreedores se avengan a la quita del
50% que les plantea el Estado.
Dice
Cáritas que con la mitad de lo que costaría la salvación de estas autopistas,
inmersas en concurso de acreedores o a punto de declararlo, se podrían rescatar
700.000 hogares que en España no tienen ningún tipo de ingresos. La entidad
benéfica propone que el dinero se destine a ayudas directas, a un salario
social que permita un respiro a todos estos desamparados que llevan años
circulando sin límites de velocidad, sin encontrar señales de Stop, como me
recuerda la canción de AC/DC, por esta desgraciada Autopista al infierno.
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