Orihuela conmemora el 72 aniversario de la muerte
del poeta Miguel Hernández, luz primera de la poesía española del siglo XX, con
actos en el franciscano –por humilde- barrio de San Isidro. Hasta allí,
pintores y artistas continúan con la labor de recordar al escritor haciendo de
la vida y las heridas un museo al aire libre. En los últimos años se han
multiplicado los murales y restaurado aquellos que fueron el primer homenaje
hernandiano de los pueblos de España, en 1976. El objetivo es cubrir por completo
todas las fachadas de las viviendas del barrio, manteniendo así, de forma
permanente, la memoria de quien escribiera los versos más hermosos en lengua
castellana.
Héroe
muerto, Miguel Hernández nace todos los días con su hallazgo de primeros pasos
en las letras del alfabeto; pan nuestro de cada día para alimento sustancial
del espíritu que vuela lejos de lo mezquino, zafio o vulgar. Un poeta que
espanta su mal augurio, su maldición con solo nombrar su nombre de “barro” y
perfume. Un reguero de pasión es la Orihuela cercana estos días que abre la
ventana a la excitación que produce la lectura de sus versos.
A
mí me hubiera gustado que Miguel Hernández hubiera llegado a estos años siendo
un pensionista español, un académico de la Real Academia de la Lengua, donde su
sillón se ocupa con injusticia, a ser un anciano que acunara nietos en sus
rodillas, en esa casa de la calle de Arriba que compartiera con el manojo de
cabras que le identificaran, en su día, como el poeta cabrero que leía a
Góngora por los “altos riscos” de la sierra próxima. Todos volvemos “a su
huerto y a su higuera”, con alborozo sentido dentro de nosotros, iluminados por
la luz de su candil encendido, por la llama ardiente de su nombre, corazón rojo
y enrojecido.
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