sábado, 19 de abril de 2014

           Facilitar los desplazamientos en el mínimo tiempo posible ha permitido acelerar los procesos de relación y dinamizar la economía; pero también ha creado monstruos que no dejan vivir. En esta sociedad que todo lo sacrifica a la movilidad, el silencio se ha convertido en un lujo al alcance de pocos. Pero una cosa es tener que adaptarse a un rumor persistente del tráfico, como si estuviéramos al lado de un mar embravecido, y otra muy distinta no poder alcanzar un sueño reparador porque cada vez que está a punto de caer el telón de la conciencia, el rugido inmisericorde de un tren o un avión lo impide.
            España siempre ha sido un país ruidoso y no parece mejorar. Son muchos los ciudadanos que tiene que soportar  un volumen de decibelios superior a los 65, el máximo soportable para la OMS; es decir, el equivalente al ruido de una aspiradora.
            La proliferación de quejas ha llevado al Defensor del Pueblo, cuya titular es Soledad Becerril, a plantear a las autoridades la necesidad de intervenir. El informe cita casos cuyas víctimas llevan más de diez años de protestas sin resultados satisfactorios.
            Los gestores del aeropuerto de Palma de Mallorca, por ejemplo, se enorgullecen de los veinte millones de pasajeros que mueven al año. Pero para quienes viven en sus alrededores eso significa haber de soportar el ruido de 170.000 velos anuales. Las protestas lograron que AENA adoptara medidas para reducir el impacto; pero las molestias continúan y ha vuelto el estruendo, a veces en medio de la noche, de los vuelos bajos.

            Las quejas por ruido siempre han encontrado resistencia porque la solución suele ser costosa. Pero ahora, con la crisis, muchas veces ni siquiera se consideran. Y no debería ser así. No es casualidad que el ruido se utilice como una de las más eficaces formas de tortura.

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